En cada ciclo electoral, las mismas escenas se repiten en Santo Toribio, distrito rural de la provincia de Huaylas. Banderolas de colores ondean en los postes, camionetas con altavoces recorren las calles lanzando promesas al viento, y papeles con rostros sonrientes aparecen pegados en paredes que al día siguiente volverán a estar vacías. Sin embargo, en el fondo, algo mucho más grave persiste: la desconexión casi total entre los partidos políticos y la ciudadanía.

Pregúntale a cualquier vecino quién es el congresista que los representa, o qué propuestas tiene el candidato que visita el mercado en campaña, y lo más probable es que no obtengas una respuesta concreta. Los partidos no están presentes en la vida cotidiana. No hay sedes, no hay diálogo sostenido, no hay rendición de cuentas. Lo que existe es un desfile de rostros desconocidos que aparecen cada cinco años a pedir votos, vestidos con chalecos recién impresos y discursos ensayados en Lima.

La política en Santo Toribio se vive como un espectáculo ajeno. Los electores acuden a las urnas más por obligación que por convicción. Las campañas se ganan con almuerzos, cajas de cerveza o simples gestos de cortesía. Las propuestas se reducen a eslóganes. Y tras el conteo de votos, el silencio institucional regresa como si nada hubiera pasado.

Lo más preocupante es que esta lejanía no ha producido indignación, sino resignación. Muchos ya no esperan nada del Estado. Y aunque las necesidades sean urgentes —educación, salud, caminos dignos— los canales para exigir cambios reales están rotos o son desconocidos.

En Santo Toribio, los partidos se han convertido en disfraces: cambian de nombre, de candidato, de símbolo, pero no de fondo. Y mientras no exista un verdadero compromiso con el territorio, con sus problemas y su gente, la política seguirá siendo un juego en el que unos pocos se disfrazan para pastorear votos, y la mayoría solo observa cómo se repite la historia.

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