En las alturas de Santo Toribio, donde muchas aulas aún funcionan con pizarras desgastadas y libros heredados de décadas pasadas, hablar de inteligencia artificial parece, en principio, un lujo de otros mundos. Pero la realidad es más compleja: la IA ya está aquí, aunque de forma desigual, silenciosa y desordenada. Y con ella llega una pregunta urgente para padres, docentes y autoridades: ¿prohibimos lo que no entendemos, o aprendemos juntos a convivir con lo inevitable?

Algunas escuelas del distrito ni siquiera cuentan con acceso estable a internet. En otras, el wifi llega con intermitencia, y las laptops del Estado, muchas veces malogradas o desactualizadas, descansan más tiempo en estanterías que en las manos de los alumnos. Sin embargo, basta con que uno o dos estudiantes tengan un celular con datos móviles para que la inteligencia artificial empiece a formar parte del aula —ya sea para resolver una tarea con ChatGPT, generar imágenes con una app, o copiar resúmenes automáticos que no entienden ni los propios alumnos.

Ante esto, muchos docentes reaccionan con temor o frustración. Y es comprensible: no fueron formados para esta revolución, y ahora se ven obligados a enfrentar un escenario que los pone en desventaja. En lugar de herramientas, la IA aparece como amenaza. Y en vez de estrategia pedagógica, lo que reina es la prohibición.

Pero prohibir no detiene el cambio. Solo lo delega al azar. Cuando se le niega el acceso a la IA en el aula, los estudiantes la buscarán fuera de ella —sin filtro, sin guía, y sin ética. El peligro real no está en que usen ChatGPT, sino en que lo usen sin saber cómo ni para qué.

Entonces, ¿qué hacer? Quizá el camino no sea apresurarse a dominar la tecnología, sino a construir juntos una relación con ella. Convertir el aula en un espacio de aprendizaje mutuo, donde el docente no pierda su rol, sino que lo transforme: ya no como único portador del conocimiento, sino como mediador crítico, como guía que enseña a preguntar, a contrastar fuentes, a escribir con sentido, y a no dejar que una respuesta automática reemplace el pensamiento.

En Santo Toribio, donde enseñar ya es un acto heroico, la llegada de la IA no debe ser una nueva carga, sino una oportunidad. No se trata de enseñar inteligencia artificial, sino de enseñar con inteligencia en tiempos artificiales.

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