En medio de un escenario ya marcado por la incertidumbre climática y la inestabilidad de precios en el campo, los agricultores de diversos valles andinos enfrentan un enemigo tan pequeño como devastador: las ratas. No se trata de una presencia ocasional o anecdótica, sino de una verdadera pandemia silenciosa que, en los últimos años, ha tomado fuerza y amenaza directamente la seguridad alimentaria de comunidades enteras.

Las ratas han aprendido a convivir con los campos de cultivo como si fueran sus dominios naturales. Aprovechan el descuido en los cercos, la acumulación de desechos orgánicos, y el desorden en los canales de riego para multiplicarse en números difíciles de controlar. Las chacras de maíz, papa y trigo se han convertido en sus fuentes predilectas de alimento, y lo que comienza como pequeños mordiscos termina en cosechas enteras arruinadas.

Lo más alarmante es que, a diferencia de otras plagas agrícolas, esta invasión de roedores no solo destruye productos. También deteriora herramientas, contamina depósitos, y propaga enfermedades que afectan tanto a los animales de corral como a los propios campesinos. El problema, además, no distingue entre zonas rurales o periurbanas: mientras haya cultivos mal protegidos, hay campo fértil para la proliferación.

La respuesta institucional ha sido lenta o, en muchos casos, inexistente. Algunos gobiernos locales han lanzado campañas de control con veneno, pero los resultados son poco sostenibles y a menudo peligrosos para otros animales del ecosistema. Otros productores optan por métodos caseros: trampas, gatos, humo, oraciones. Sin embargo, la magnitud del problema exige una estrategia integral: educación sanitaria, programas de control coordinados, incentivos para mejorar el almacenamiento de granos y un enfoque que incluya tanto a las autoridades como a las comunidades.

Mientras no se reconozca esta plaga como una amenaza estructural y se siga tratando como un problema aislado, las ratas seguirán siendo las primeras en cosechar.

Deja un comentario