
En los últimos años, la provincia de Huaylas ha sido testigo de una transformación profunda que, aunque silenciosa, es imposible de ignorar: sus jóvenes se están yendo. Ya no es solo por estudios universitarios o razones familiares. Cada vez más, se marchan porque sienten que su pueblo no les ofrece un futuro viable. Las oportunidades tecnológicas, profesionales y de crecimiento personal se han reducido a tal punto que migrar ya no es una opción, sino una necesidad.
En los colegios locales aún se escucha hablar con entusiasmo de carreras como ingeniería, medicina o diseño digital. Sin embargo, quienes logran acceder a estudios superiores pronto descubren que, al terminar, no existe un ecosistema en Huaylas que los reciba. No hay empresas tecnológicas, ni incubadoras de emprendimiento, ni redes de colaboración profesional. Las instituciones públicas funcionan con personal heredado de décadas pasadas, y los proyectos de modernización rara vez consideran a los recién egresados.
Muchos jóvenes se ven forzados a migrar a Huaraz, Lima o incluso al extranjero, buscando no solo trabajo, sino un entorno que valore sus habilidades. La paradoja es dolorosa: mientras en el valle se siguen cultivando papas, muchos de sus hijos están descargando aplicaciones de delivery a miles de kilómetros, o conduciendo taxis con títulos universitarios en la guantera.
Pero esta migración tiene un costo. Las plazas, antes llenas de adolescentes, hoy se ven dominadas por el silencio de los mayores. Las fiestas patronales siguen en pie, pero el público envejece. Las chacras se quedan sin herederos. Y en cada casa donde ya no hay quien encienda la radio por las mañanas, el eco de una generación perdida se hace más fuerte.
La brecha digital, la falta de inversión en conectividad, la ausencia de espacios de formación técnica adaptada al contexto rural, y la indiferencia de los gobiernos locales frente al talento joven, han creado una tormenta perfecta. Una donde quedarse en Huaylas significa muchas veces renunciar a crecer.
Recuperar el futuro pasa por más que celebrar la identidad. Es urgente generar entornos donde los jóvenes puedan estudiar, trabajar y soñar sin necesidad de huir. Porque un pueblo sin jóvenes no solo pierde fuerza productiva: pierde memoria, creatividad y esperanza.

Deja un comentario