
Ubicado en el corazón de la provincia de Huaylas, el distrito de Santo Toribio —un pequeño valle rodeado de montañas que alguna vez parecía aislado del tiempo— está viviendo una transformación silenciosa, pero intensa. La construcción de nuevas carreteras promete conectar sus comunidades dispersas con el resto del país, pero también está desatando una serie de consecuencias no previstas: caos vehicular, pérdida de tradiciones locales y un modelo de desarrollo que no siempre responde a las necesidades del pueblo.
Durante décadas, los caminos de trocha y senderos de herradura marcaron el pulso de Santo Toribio. El ritmo de vida era lento, las distancias eran medibles a pie o en bestia, y la gente sabía leer el terreno con la misma naturalidad con la que reconocía las estaciones de cultivo. Hoy, sin embargo, retroexcavadoras y volquetes irrumpen en paisajes que alguna vez fueron terrazas agrícolas, y el sonido de los motores reemplaza al viento entre los eucaliptos.
Progreso sin planificación
La promesa de una carretera asfaltada que conecte directamente con Caraz ha generado expectativas comprensibles: acceso a mercados, mejoras en el transporte escolar, y una atención médica más oportuna. No obstante, la ejecución de estos proyectos ha sido cuestionada por su improvisación y falta de diálogo comunitario. La apertura de trochas sin estudios técnicos está generando deslizamientos, cortes de agua por la rotura de canales de riego, y una pérdida progresiva del suelo agrícola.
Además, los horarios de circulación no regulados, la presencia de maquinaria pesada durante las horas pico, y la falta de señalización han convertido al centro poblado en un corredor de tránsito caótico. El transporte público, antes limitado pero ordenado, ahora compite con camionetas particulares, motos lineales, y vehículos de carga que circulan sin ningún tipo de control.
Un modelo que repite errores
Este fenómeno no es nuevo ni exclusivo de Santo Toribio. En muchas zonas andinas del Perú, el asfaltado de carreteras sin planificación integral ha traído consigo la fragmentación de la vida comunal. Lo que comenzó como un proyecto de integración, termina muchas veces acentuando la desigualdad: los que tienen vehículos ganan movilidad; los que no, enfrentan más peligros y menos espacio en las vías.
Santo Toribio necesita conectividad, pero no a cualquier costo. La carretera puede y debe ser un instrumento de desarrollo, pero bajo una visión que respete el entorno natural, la vocación productiva de sus suelos, y sobre todo, la voz de sus habitantes. De lo contrario, el asfalto terminará siendo más una fractura que un puente.

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